martes, 12 de febrero de 2013


Me he convertido en una autómata con ojeras que se muerde la lengua para no hablar a todo el mundo de ti.

Todo lo que me has dejado es un gran montón de mierda. Un enorme cúmulo de nadas. La cabeza llena de recuerdos que me parece injusto que no te torturen por las noches como a mí: Los abrazos en el mar, los besos de sal, todas los momentos con música de acompañante, las miradas que arreglaban el mundo que un día quisiste comerte conmigo, aquella carrera hacia un techo cuando llovía al más no poder, el momento en que abrazaste para que no pasase frío debajo de aquel techito, los dos solos en la calle,..  Las calles de esta ciudad que ahora me pesan, imaginándome a tu lado en cada esquina, en cada piedra que pisamos, en cada banco que descubrimos juntos. Todo lo turbio, lo dulce, lo íntimo. Tú pegándote a mi espalda con los dedos en mi barriga, sintiendo tu respiración en mi oído,.. felices, vivos. MUY VIVOS.

Me cuesta recordar la última vez que fui feliz, lo que sentía al tenerte, la certeza de que no ibas a huir sin importar la guerra previa. Nos creía fuertes, construcción con cimientos que ni el viento podría llevarse. Viva, negándome que te has ido.

El último momento que me hace aferrarme a todo esto tiene sonido de canción, tu abrazo, la desesperación, la esperanza absurda que aún guardo. A pesar de todo paso cuatro veces al día por delante de tu puerta, esperando no volver a verte y al mismo tiempo girando la cabeza hacia tu portal. En todos estos años no nos hemos chocado por la calle y tengo que romperme con tus farolas  de frente en ese callejón un lunes. Apretar los puños, repetirme mentalmente "no te gires, no corras hacia él, no le abraces, no supliques". Girar la esquina y secarme las lágrimas que no sé si alguna vez podré volver a contener.

Te echo tanto de menos que creo que dejaré de escribirte.

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