martes, 12 de febrero de 2013


Estuve cómoda en tu recuerdo. En esa obsesiva fijación con la tristeza. Ella y yo, tan cogiditas de la mano, paseando por la calle todos días que con música salgo. Nos escondíamos, las dos, entre las páginas de todos los escritos que escribí pensando en reencontrarme al mismo ritmo que te olvidaba, obligándome a pensar en cualquier personaje que no fueras tú, que no llevase tu nombre. Letras insignificantes, en el fondo.. Resultaron ser desgarradoras, aunque hicieran el esfuerzo inútil de callarte en mi memoria.

Lo intenté, te lo juro, borrarte a base de largas carreras por la calle sin sentido cuando veía algo que me rediccionaba a ti, a base de besos de otros tan faltos de calor. Me dediqué a los simulacros de romanticismo de una noche y despedida en el trayecto de puertas ajenas. Me creí el  tópico que ya nadie espera escuchar de pura repetitividad: Me ha encantado conocerte, quédate otra noche conmigo, llámame...

Pero no quiero que me llamen.


Quiero volver al mismo hueco, diferentes tacones, diferentes caras al final de la fiesta, pero siempre con Tristeza de copiloto.


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