lunes, 8 de octubre de 2012


Deja de apretar los párpados que todo cambia. Mira, ¿ves? Cambia. Aunque cierres los ojos. Cambia. Marzo, tu, tus barbas, incluso los puñeteros recuerdos de tus manos. Qué putada, ¿no? Que cambie, no marzo, no tus barbas, sino los puñeteros recuerdos. Pero sí, cambian, y tú mientras aprietas los párpados esperando que se borren o, que por lo menos, no me vaya tan lejos. ¿Duelen, los recuerdos? Un poco, porque cambian todo el tiempo, se transforma en cualquier cosa si antes ha sido otra; como las palabras que no dicen lo que dicen, como los silencios que siguen a las canciones. 
Se escapan, aunque cierres los ojos, no es posible encerrar los recuerdos, por más piel o gritos o saliva nueva que metas en tu vida. Porque cambian, vuelan y se van, y si, claro que dejan huella, esas sonrisillas que no vienen a cuento cuando querías que me pusiera celosa, o ese juego de besos en cada semáforo en rojo.
Deja de cerrar los ojos, que tarde o temprano se irán, incluso aquel domingo en el que me prometiste que estarías a mi lado en las malas y en las buenas.
Y desaparecemos aunque no quiera, aunque no quieras, aunque no queramos, desaparecemos de nuestra historia, desaparece nuestra historia. 

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