miércoles, 11 de abril de 2012

Erase una vez en una pequeña ciudad nació una pequeña niña con grandes sentimientos.
Una niña de pelo negro y ojos marrones, una niña inocente, sorprendida por el inmenso mundo, pero nunca asustada. Una niña con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, una niña que se mordía las uñas, una niña que quería cambiarlo todo, absolutamente todo, con una sonrisa, una niña cariñosa con todos pero de lágrima floja y burnerable como ella sola. Una niña que corría tras imposibles, una niña que tenía más fe que pelos en la cabeza, una niña tan fuerte como una armudura de hierro, una de esas imposibles, una niña feliz.
Una niña que con el tiempo perdió la sonrisa, una niña que cambió su alegría por el odio de sentirse grande en tristezas, una niña que ahogó sus sentimientos en lágrimas, una niña que dejó de ser inocente, una niña que se asqueó hasta de sus propios sueños, una niña que de tanto correr tropezó y calló. Una niña que se levantó, se secó las lágrimas, se limpió las rodillas y siguió corriendo.
Una niña que creció y se hizo mujer.
Aunque siempre seguirá siendo.. ''La pequeña María''

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