lunes, 9 de enero de 2012

Hay muchas formas de querer, pero ellos se querían de la más complicada y apasionada de todas.
Y de la única que sabían.
Como dos niños jugando a ser grandes, a contarse secretos, anécdotas, a contarse todo, hasta llegar a aborrecer el hablar, hasta que sus lenguas acabaran juntas en un largo y intenso beso.
Se creían fuertes, se tenían el uno al otro, y con eso bastaba. Lo que no tenía uno, lo tenía el otro y así con casi todo. Porque se complementaban, eran polos opuestos pero aún así, les atraía una magnética fuerza que ni siquiera se sabía de donde provenía, solo que se atraían, se querían hasta tal punto, que dolía.
No buscaban explicaciones a nada porque tenían las respuestas justas y necesarias para las preguntas suficientes.
Y realmente tampoco les importaba.
Solo tenían dos ojos y una vida, así que, que más iba a importar.
Solo el comerse los minutos, y lo que nos son los minutos, era lo que importaba. 
El saborear casa segundo, cada momento, cada centímetro de piel, cada beso,.. el saborearse y entender como pueden llegarse a querer tanto dos seres humanos.
Y que cada suspiro en el cuello fuese una rosa en invierno, y que cada ''te quiero'' un salvavidas.
Comprobar que con cada mirada la perfección en el mundo de los mortales existía, y que tenía nombres y apellidos.
Quererse hasta reventar, hasta besar más por necesidad que por cariño.
Eran una sola persona, dos mentes convertidas en una, dos corazones convertidos en uno y ellos ya no tenían más que desear.

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