lunes, 21 de noviembre de 2011

Quizá es que no quiero olvidar. Simplemente quiero guardarlo siempre, quiero acordarme siempre de tu cara bonita, mi confianza ciega en ti, nuestras tonterías, tu facilidad para hacerme sonreír, nuestras risas, las fotos, las conversaciones habladas y escritas, las miles de veces que pensé en ti y te eché de menos, las lágrimas por ti, mi adicción a ti, los besos y los abrazos, aquellas tardes de verano, las ganas de ti, las miradas, mi riesgo, tu encanto, los intentos fallidos de alejarme de ti, todas las entradas sobre ti que he publicado y de las que desgraciadamente no me arrepiento. Mi sinceridad y la supuestamente tuya, esa maldita canción, nuestros piques, el querer y no poder, tus falsas promesas, todo el daño que me has hecho y las veces que te he perdonado, el no poder odiarte, lo que me cuesta enfadarme contigo, lo rápido que te hiciste querer, lo gilipollas que soy, tu puta agenda apretada, cuando miento y digo que no me importas, esos días marcados en mi agenda, los planes que nunca hicimos.
Esos encuentros tan esperados, nuestras manos, mi rostro sonrojado al verte, mi preocupación por ti, los sueños, los "Te quiero" que dijimos y te podría seguir repitiendo, nuestros encuentros emotivos y las ganas de más, tu mirada traviesa y nuestra perfecta forma de disimular, tu manera de mentir, mi estúpida manía de no querer olvidarte nunca y mi estúpida manía de quererte siempre.

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